Por Alejandro Rodríguez Cortés *

@AlexRdgz    

El analista político y económico Macario Schettino ha advertido ya en varias ocasiones que México se encamina a una crisis fiscal. ¿Qué significa eso?  Simple y llanamente que los ingresos gubernamentales no serán suficientes para enfrentar los compromisos de gasto en la gestión pública.

Ya nos ha pasado y el resultado siempre ha sido pernicioso: independientemente de una virtual quiebra en las finanzas públicas que puede derivar en quebrantos financieros, el camino a seguir es cobrar más impuestos o contratar más deuda, esa que a pesar de todo -y aunque lo nieguen descaradamente- ha crecido durante la mal llamada Cuarta Transformación.

No podría ser de otra manera. Los costos fijos de la 4T son absurdos, exponenciales, no financiables e impagables: la cancelación del aeropuerto de Texcoco; la ampliación de transferencias sociales directas (que no son sino gasto de promoción electoral); una central avionera desierta; una refinería que no refina y, un trenecito ecocida, han acabado con el equilibrio presupuestal.

¿Pero por qué hasta ahora se ha podido mantener el embuste de que este gobierno es prudente en mantener un equilibrio fiscal (ingreso-gasto)?  Por varias razones, que van desde un brutal y criminal austericidio presupuestal que ha dejado a los mexicanos sin medicinas y sin muchos programas de política pública, hasta la ordeña de los fondos de reserva para emergencias que se habían conformado durante 25 años de “perversos” gobiernos neoliberales.

Todo se lo han acabado en 4 años.

Por eso el SAT exprime a quienes tienen litigios fiscales en marcha.  Por eso la extinción de fideicomisos. Por eso la caída en la inversión pública, con excepción de las obsesiones y ocurrencias presidenciales. Por eso se caen a pedazos los hospitales públicos y el Metro de la ciudad de México. Por eso la iniciativa que busca meterle mano a las cuentas bancarias inactivas.

También esa ferocidad para agotar recursos explica que la deuda pública llegará a fines de este gobierno a representar el 56 por ciento del Producto Interno Bruto, ¡aunque éste sea más pequeño que en el 2018! Es cierto que esa proporción es menor que la mayoría de los países, pero la diferencia es que México ya agotó sus posibilidades de ingreso fiscal en las condiciones actuales.

Por eso preocupa que se haya puesto nuevamente en la mesa mañanera el tema de las Afores, que representan un apetitoso monto de 5 billones de pesos administrados por 9 empresas privadas y una pública en cuentas individuales propiedad de los trabajadores.

Ojo con eso.  Andrés Manuel López Obrador ya coqueteó hace años con la absurda y muy peligrosa idea de nacionalizar las cuentas para el retiro y disponer de ese dinero.  Y aunque él mismo reconoció que optó por una reforma que redujo comisiones de manejo de cuenta y aumentó las cuotas empresariales para aumentar la tasa de jubilaciones, hay que tener cuidado y mantener los ojos bien abiertos. Quizá podríamos empezar por informarle al no muy ducho tabasqueño que una buena parte de los recursos administrados por las Afores financian al sector público al estar invertidos en bonos gubernamentales.

El caso es que la 4T ya no tiene lana, y no la tiene porque se la acabó.  Que no le vengan a usted con el cuento de la pandemia, la invasión de Ucrania o la inflación: este gobierno será responsable de la crisis fiscal por venir.

Otra cuenta más para el juicio de la historia, que será muy severo.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista