El giro hacia la ultraderecha en las recientes elecciones presidenciales de Chile, con la victoria contundente de José Antonio Kast con 58% de los votos en la segunda vuelta electoral del domingo pasado frente al 42% de la candidata de la izquierda en el poder Jeannette Jara, representa el mayor desplazamiento a la derecha desde el retorno de ese país sudamericano a la democracia en 1990.

Kast, líder del Partido Republicano y admirador declarado del legado del dictador genocida Augusto Pinochet, se impuso en todas las regiones del país y obtuvo el récord histórico de más de 7 millones de voto.

Fue una votación legal, democrática. Así lo decidieron la mayoría de los chilenos.

¿Qué factores influyeron en los chilenos para que después de 35 años de haberle arrebatado el poder a una dictadura militar genocida respaldada por el intervencionismo estadounidense, y de recorrer un camino que los ha llevado por la democracia cristina, la social democracia y la izquierda popular, se alinearan ahora a la ultraderecha?

¿Podría repetirse ese escenario en México? ¿Hay lecciones que aprender de lo ocurrido en las elecciones presidenciales chilenas?

Parece claro, en primer lugar, que el votante allá y acá piensa menos en los dos modelos de nación eternamente confrontados ideológicamente y más en los resultados prácticos, cercanos a sus necesidades y miedos, cuyo cumplimiento prometieron quienes llegaron al poder.

En Chile se han consolidado políticas públicas de bienestar, pero en el gobierno izquierdista de Boric, la percepción de un aumento en la delincuencia organizada, los homicidios y los crímenes violentos dominó la reciente campaña presidencial.

De manera que el discurso de “mano dura” del hoy presidente electo Kast con promesas de recuperar el orden, construir prisiones de máxima seguridad y endurecer penas resonó fuertemente.

Se puede aseverar que el temor a la inseguridad es el factor principal que explica el triunfo de Kast, más allá de la disputa de ideologías extremas.

En segundo lugar, Kast capitalizó el descontento con la migración irregular, especialmente de venezolanos y haitianos, proponiendo deportaciones masivas, zanjas en la frontera y expulsiones expeditas. Este tema, ligado a la percepción del aumento  del crimen, atrajo votos de sectores medios y populares frustrados y/o desencantados con la gestión del gobierno de Gabriel Boric, quien enfrentó una baja aprobación (apenas 30%) por no cumplir las promesas hechas para superar el estallido social de 2019 que se desencadenó por una propuesta de aumento a la tarifa del metro y que hizo aflorar profundas desigualdades como que eran resabios de las políticas neoliberales.

Boric también enfrentó dos procesos constituyentes fallidos y batalló con una economía debilitada por un alto endeudamiento. En suma, fue un voto de castigo a la opción política progresista desgastada por el ejercicio mismo del poder.

Por otro lado, el triunfo se inscribe en una ola conservadora en Latinoamérica (Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, victorias derechistas en Bolivia y Uruguay) y global (Trump en EE. UU., y Meloni en Italia), con énfasis en las promesas de orden, antinmigración y reducción del Estado, aunque Kast moderó su discurso en temas “valóricos” (aborto, género) para atraer votantes moderados, enfocándose en seguridad y economía.

En resumen, no fue solo un auge ideológico ultraderechista, sino una confluencia de demandas prácticas (seguridad, migración, economía) en un contexto de frustración con la izquierda gobernante.

La 4T debe hacer de esto una profunda reflexión. Hay factores como los chilenos que se asemejan y operan en su contra. Si no se apura en mostrar más y mejores resultados en seguridad y lucha contra el crimen, y la pone coto a la corrupción y a la soberbia, puede ocurrirle lo ocurrido en Chile. (rrodriguezangular@hotmail.com, @RaulRodriguezC , raulrodriguezcortes.com.mx )