• La inteligencia artificial y la reconfiguración del comercio abren oportunidades para México, pero el costo de la deuda, las tasas de interés y la incertidumbre global amenazan el crecimiento y el bolsillo de las familias.

Ernesto Madrid

La economía mundial avanza en dos direcciones: la inteligencia artificial impulsa inversiones, producción y comercio, mientras el endeudamiento público, las tasas de interés y las tensiones geopolíticas encarecen el crecimiento. Para México, el escenario abre oportunidades para atraer capital y ampliar exportaciones, pero también riesgos para el empleo, los precios y el financiamiento.

Mélanie Laloum, economista en jefe de la Cámara de Comercio Internacional (ICC), explicó en el podcast Norte Económico, de Grupo Financiero Banorte, que la economía global ha mostrado resiliencia gracias al desempeño de distintas economías, la disponibilidad de petróleo y el impulso de la inversión tecnológica. Sin embargo, advirtió que los riesgos energéticos, climáticos y financieros pueden cambiar rápidamente el panorama.

La inteligencia artificial es motor de crecimiento, pero también una apuesta de alto costo. Su desarrollo demanda semiconductores, centros de datos, electricidad y equipos tecnológicos. Esa inversión beneficia a los países integrados en esas cadenas productivas, aunque persisten dudas sobre si las ganancias futuras justificarán el gasto millonario de las empresas.

Banamex Estudios Económicos advirtió, en su análisis sobre la temporada de resultados corporativos del tercer trimestre de 2026, que los inversionistas exigen resultados cada vez más sólidos para sostener las elevadas valuaciones del sector tecnológico. Si la rentabilidad esperada no se materializa, una corrección financiera podría afectar la confianza y frenar inversiones.

El segundo frente es la deuda. Laloum subrayó que el problema no consiste solamente en cuánto deben los gobiernos, sino en cuánto pagan por financiarse. Cuando los intereses absorben una mayor parte del presupuesto, queda menos dinero para salud, educación, infraestructura y desarrollo tecnológico. Además, el crédito caro puede frenar proyectos empresariales y encarecer el financiamiento para familias.

A ello se suman los riesgos energéticos y climáticos: si suben los precios del petróleo, los fertilizantes o los alimentos, el impacto termina trasladándose al consumidor.
El comercio mundial también cambia de ruta. Según Laloum, el intercambio internacional creció 5% en 2025, pese a las tensiones arancelarias. En lugar de desaparecer, la globalización se está reorganizando: las empresas diversifican proveedores y mercados, mientras economías asiáticas como Vietnam, India y Taiwán ganan relevancia.

Para México, esa transformación representa una oportunidad por su cercanía con Estados Unidos y su integración manufacturera con América del Norte. Pero aprovecharla exige energía suficiente, infraestructura, trabajadores capacitados y certidumbre para invertir. De lo contrario, el país corre el riesgo de recibir parte de la inversión sin desarrollar mayor capacidad tecnológica propia.
También importa la situación fiscal. La deuda pública no implica automáticamente una crisis, pero su costo puede limitar los recursos disponibles para impulsar el crecimiento. Por eso, el desafío consiste en atraer inversiones y elevar la productividad sin descuidar la estabilidad de las finanzas públicas.

La conclusión es que la economía mundial está resistiendo, pero eso no significa que los riesgos hayan desaparecido. La inteligencia artificial puede elevar la productividad y abrir nuevos mercados; la deuda cara, la inflación y una eventual decepción tecnológica pueden operar en sentido contrario.
Para México, la diferencia estará en convertir la reconfiguración global en inversión productiva, mejores empleos y mayores ingresos. Porque la oportunidad no consiste solamente en formar parte de la nueva economía, sino en conseguir que sus beneficios lleguen también a las empresas nacionales y a los hogares.
@JErnestoMadrid
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