Por RRC Noticias
La economía mexicana tendrá un año sumamente complejo en el que, dependiendo la manera en la que enfrentes múltiples escenarios, dependerán los resultados que logre alcanzar. En concreto, todo el año estará acompañado por el proceso de revisión del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá; al tiempo que el gobierno nuevamente tendrá un reto significativo en la conducción de las finanzas públicas y además el país recibirá por tercera ocasión un mundial de fútbol.
Empezando por el evento que aparentemente sea de menor relevancia para el crecimiento económico, este mundial será muy distinto para México dado que comparte sedes con Estados Unidos y Canadá; y menos del 15% de los partidos se jugarán en Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México. En ese sentido, difícilmente veamos un impulso sostenido del consumo y del sector servicios como resultado de la justa mundialista. En todo caso, se vería algún impulso en el consumo y en el sector servicios en junio y julio.
El siguiente evento a considerar se tendrá que monitorear durante todo el año: la conducción de las finanzas públicas. El gobierno tendrá que hacer malabares a con tres objetivos que se traslapan (o se obstaculizan entre ellos mismos): (i) seguir con el buen manejo de 2025 y tratar de alcanzar en 2026 un déficit fiscal más cercano al 4.0% que del 5.0% del PIB; (ii) refrendar su compromiso con Pemex e intervenir en su muy delicada situación productiva y financiera; y (iii) mantener el abultado programa de apoyos sociales a la población. Cumplir con los tres objetivos es una tarea casi imposible pero son prioritarios por igual bajo el paradigma de las últimas dos administraciones. Lo que pudiera ser un plan de vuelo predecible sería que el gobierno busque entregar un poco de los tres objetivos: (i) situar al déficit público entre el 4.5% y el 4.0% del PIB; (ii) no exceder del presupuesto asignado a Pemex y monitorear quirúrgicamente el desarrollo de los otros esquemas financieros que la estarán soportando sin comprometer al balance público; y (iii) garantizar que los programas sociales crezcan más que la inflación el próximo año. Ninguno de los objetivos llegarían a su nivel deseado pero entregarían algo que mantenga el grado de inversión de México, cierta estabilidad en el riesgo-país y los índices de popularidad de la administración cerca de sus niveles actuales.
Pero lo más importante será otro evento que sucederá durante todo el año, con mayor énfasis en el primer semestre: la revisión del T-MEC. Hasta ahora, no se puede negar que el gobierno ha hecho un gran trabajo en la manera en la que ha llevado su agenda bilateral con Estados Unidos. Esto ha generado que México enfrente uno de los menores aranceles promedio contra el resto del mundo. Sin embargo, la revisión del tratado el próximo año será significativamente más compleja que la de 2018, pues se llega a la mesa de negociación frente a una administración estadounidense con mayor concentración de poder, menor capacidad de escuchar y menor flexibilidad. Por lo tanto, el desarrollo de la negociación seguramente nos hará pasar por episodios en los que se crea que las negociaciones fracasarán y veremos al peso mexicano regresando a niveles superiores a los 18 pesos por dólar. Pero al mismo tiempo, también sucederán declaraciones amables y constructivas que nos regresen a niveles cercanos a los 17.6 y 18.0 pesos por dólar. Al final de toda esa volatilidad, el escenario con más probabilidad será la ratificación del T-MEC durante o inmediatemente posterior al mundial de fútbol.
Si el escenario más factible se cumple: (i) negociación exitosa del T-MEC, (ii) finanzas públicas con una mejoría modesta, y (iii) mundial de fútbol transitando normalmente, ¿hasta cuánto podría crecer la economía mexicana?
Lo único que tiene cierto grado de certeza es su máxima capacidad de crecimiento en 2026. En los últimos siete años, la economía mexicana ha observado una reducción importante en su crecimiento potencial. Es decir, el que se deriva de la plena utilización de sus factores productivos (trabajo, capital y tecnología). Un cambio relevante de paradigma ha ocurrido en los últimos siete años, en los que la economía mexicana se ha volcado hacia la potenciación del ingreso de las familias – a través de incrementos al salario mínimo y a través de una ambiciosa cobertura de programas sociales – pero a expensas de un deterioro de la productividad y de un desplome de la inversión física. Como consecuencia, la economía mexicana pasó de un crecimiento potencial de entre 2.0% y 2.5% a uno de entre 1.2% y 1.6%.
Dado que en los últimos dos años la economía mexicana se ha desacelerado de manera importante, difìcilmente sería capaz de crecer al mismo ritmo de su potencial o por encima de éste. Por ello, es previsible que el PIB de México no dé para crecer en 2026 más allá de 1.5%. En concreto, la media de analistas anticipa un crecimiento económico de 1.3%, respaldado, como se mencionó anteriormente, por el consumo derivado de alzas en salarios mínimos y de poder adquisitivo principalmente soportado por los programas sociales del gobierno. En menor medida pero también relevante para la economía, será el sector exportador. Con los aranceles impuestos por Estados Unidos en 2025, el sector exportador automotriz vio una severa afectación pero que fue más que compensada por las exportaciones de equipos tecnológicos e insumos eléctricos y electrónicos vitales para el impulso global de la Inteligencia Artificial, junto con la competititivad de las exportaciones mexicanas al ser de las menos afectadas por los aranceles de su vecino del norte.
Esta cifra de crecimiento prevista no es la ideal para la economía de México pero se puede considerar buena si tomamos como punto de comparación el pobre crecimiento en 2025, en el que prácticamente se registró un estancamiento del país.
Y bajo ese contexto, los mercados navegarán bajo mucha incertidumbre pero con oportunidades palpables para desarrollarse. En primer lugar, los precios iniciarán presionados con los incrementos en los impuestos asociados con la salud (tabaco, alcohol, azúcar) y con los aranceles que México impondrá a importaciones de países con los que no tiene tratado comercial. Si bien son piezas fundamentales para la conducción de las finanzas públicas, representarán un riesgo al alza sobre la inflación que, en la última parte de 2025 observó ya presiones alcistas. En ese sentido, el Banco de México tendrá que calibrar su objetivo único (mantener la inflación en su objetivo del 3.00% +/- 1% de variabilidad), junto con los riesgos a la baja sobre el crecimiento económico. De lo anterior, lo que se espera es que el Banxico siga recortando la tasa de interés objetivo, pero que lo haga a un ritmo mucho más gradual que en los últimos dos años – posiblemente entre el 6.75% y el 6.50%.
Finalmente, y al igual que en otros años, no podemos descartar elementos externos que puedan complicar (aún más) el escenario para México. El contexto global en el que nos desenvolvemos ya es uno multipolar y en el que las grietas se continúan profundizando. Las tensiones geopolíticas generan mucha volatilidad y la reconfiguración productiva global hacia la Inteligencia Artificial, ha dejado de ser un factor micro y ya representa uno macro.
Así que 2026 será todo menos un año en el que sea clara la senda de crecimiento para México.

