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Facebook: Raúl Alejandro Rodríguez Martínez
*Las opiniones que se expresan en esta publicación son a título personal
La economía global cada vez nos manda más señales de un proceso de “aterrizaje suave”. Han transcurrido 4 años desde la pandemia de Covid-19 en la que la gran mayoría de los países respondieron, desde el punto de vista económico, con una significativa expansión del gasto público, acompañada con recortes muy agresivos a sus tasas de interés y otras medidas de política industrial y comercial que estaban encaminadas en buscar que la actividad productiva global resistiera a las medidas extremas de confinamiento para combatir la pandemia. Posteriormente, en la medida en la que la pandemia cedía y se iba normalizando la situación, el mundo se enfrentaba ahora a un incremento generalizado y sostenido de los precios a nivel mundial que dio cuenta de niveles de inflación no vistos en el siglo XXI y que, en consecuencia, llevaron a las principales autoridades monetarias del mundo a actuar con incrementos significativos en las tasas de interés para ahora combatir la inflación. En tanto, la actividad económica global comenzó también a perder dinamismo después de que rebotara tras la pandemia, sobre todo en las actividades industriales y manufactureras.
Al respecto, uno de los temores era la expectativa de un entorno inflacionario acompañado de una fuerte desaceleración económica. Afortunadamente, el consumo a nivel global y actividades relacionadas al sector servicios contribuyeron a mitigar la debilidad manufacturera, de manera que se continúan materializando las condiciones de un “aterrizaje suave”. Sin embargo, una parte importante de que el consumo se esté resistiendo a desplomarse ha sido el apoyo fiscal que una gran mayoría de los países del mundo comenzaron a detonar desde hace cuatro años. Y esto último ha generado una nueva inquietud de cara a los siguientes años: ¿qué tanto pueden seguir soportando las economías del mundo los niveles actuales de endeudamiento que tienen?
Las autoridades en materia económica y financieras del mundo parece que ya pasaron el obstáculo de la crisis económica de la pandemia y están en ruta de también pasar el obstáculo de la elevada y resistente inflación de los últimos dos años. Pues ahora es el turno del obstáculo de los elevados déficits fiscales en el mundo. Mientras que las principales economías del mundo ya observan niveles de inflación cercanos a sus objetivos y las tasas de interés han comenzado a retroceder paulatinamente; están acarreando niveles de déficit fiscal muy elevados.
De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), se prevé que la deuda pública global cierre este año en $100 billones de dólares, lo que representa 93% del PIB global y anticipa un déficit fiscal en el bloque desarrollado de 5% del PIB. Por su parte, pronostican que Estados Unidos, Japón y la Zona Euro alcancen un déficit fiscal como proporción de su PIB correspondiente de 7.6%, 6.1% y 3.1%, respectivamente. En lo que se refiere al bloque emergente, el FMI pronostica un déficit fiscal de 5.7% del PIB y para economías como las de China, India, Brasil y México de 7.4%, 7.8%, 6.9% y 5.9%, respectivamente.
Para 2025, el reto de los países por reducir sus niveles de endeudamiento no es menor e implicará la resolución de un problema complejo entre: (1)evitar que sus economías se desaceleren más que lo previsto (para la cual contribuye expandir del gasto público), (2) mejorar los niveles de déficit fiscal (lo cual se logra disminuyendo el gasto y/o incrementando impuestos mediante alguna reforma fiscal), y (3) propiciar políticas redistributivas que disminuyan la desigualdad social (generalmente con programas sociales que tienden a presionar a las finanzas públicas).
Si bien el proceso desinflacionario y el de recortes de tasas de interés puede brindar un poco de espacio para buscar disminuir los niveles de endeudamiento público, las autoridades financieras del mundo tendrán que moverse con mucho cuidado, pues existen diversos factores de riesgo como tensiones geopolíticas, la menor velocidad a la que están disminuyendo los precios de los servicios y la desaceleración industrial y manufacturera que pudieron complicar los objetivos de disminuir la deuda. Lamentable, no lograr los objetivos fiscales podría desencadenar en varios países del mundo crisis de endeudamiento que podrían ir en detrimento de la sociedad (el regreso de inflaciones muy elevadas que obliquen a los bancos centrales a subir sus tasas de interés y con la materialización de una recesión económica).

