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Facebook: Raúl Alejandro Rodríguez Martínez

El INEGI publicará el último día de enero su estimación oportuna del crecimiento del Producto Interno Bruto en México para el cuarto trimestre de 2021, de manera que estaremos por conocer no solamente cuánto creció (preliminarmente) la economía mexicana durante el año pasado, sino que también podremos contar con mayor certeza sobre la base con la que está partiendo nuestra economía este año y con que trayectoria la estaría enfrentando.

La semana pasada el INEGI ya nos brindó información bastante útil: el Indicador Oportuno de Actividad Económica (cifra oportuna del IGAE, proxy mensual del PIB) a diciembre de 2021. No obstante, la cifra no fue nada alentadora. De acuerdo con el estimado del instituto, la actividad económica habría retrocedido en diciembre respecto al mismo mes pero del año previo (-0.2% anual).

Tomando en cuenta la cifra oportuna que presentó el instituto, se puede llegar a varias conclusiones. En primer lugar, un -0.2% anual podría implicar que el PIB de México retrocedió 0.5% trimestral. Esto nos lleva al desafortunado terreno de la “recesión técnica”, esto es, dos trimestres consecutivos de caídas en el PIB, pues durante el tercer trimestre de 2021, la economía disminuyó 1.2% trimestral. Como resultado, el crecimiento económico del país para todo 2021 posiblemente fue de 4.8%, muy por debajo de las estimaciones oficiales del 6.0%, mismas con las que las autoridades fiscales construyeron el presupuesto de 2022.

Pero el hecho de que la recuperación de la economía mexicana fue menos dinámica que lo anticipado no es lo único alarmante, ya que la economía mexicana entró en recesión durante el segundo semestre de 2021, de manera que estamos arrancando el 2022 cuesta arriba. Y por si fuera poco, de la cifra preliminar se desprende una fuerte desaceleración a tasa anual del PIB durante el cuarto trimestre de 2021, a +0.2% anual desde +4.7% anual en el tercer trimestre. Lo anterior tampoco es nada alentador, pues se comienza a dibujar una trayectoria del PIB que suele aterrorizar a economistas y autoridades en todo el mundo: la recuperación en forma de “W” o doble recesión (double dip en inglés).

Este fenómeno se caracteriza por una trayectoria en el crecimiento anual del PIB de una economía, para la cual una fuerte caída (como la que sufrimos en 2020) es seguida por un “rebote” o recuperación – natural en todo proceso de reactivación económica (como el que observamos durante el primer semestre de 2021) pero que desafortunadamente vuelve a desplomarse súbitamente (como en la segunda mitad del año pasado). Un comportamiento así se puede considera como “el peor de los mundos posibles” para el entorno macroeconómico y financiero de una economía, ya que al mejorar las perspectivas económicas durante el ciclo de rebote, el mercado y la economía apenas se acomodó para una expectativa de recuperación de tasas de crecimiento de la economías más “normales” cuando de pronto se deteriora de manera abrupta el panorama, quedando las inversiones y planes de producción y consumo mal parados ante un nuevo deterioro del ciclo económico.

Inclusive, para las autoridades fiscales y monetarias representa un reto mayúsculo. Tradicionalmente, una vez que la economía tocó fondo, la política fiscal ya expandió su gasto público (o recortó impuestos), al tiempo que la política monetaria ya redujo las tasas de interés para estimular el consumo y la liquidez en la economía y se comienza a manifestar un proceso de reactivación económica. Si el crecimiento económico es sostenido, las autoridades monetarias suspenden el ciclo de recortes de tasa de interés y comienzan a subirla para enfriar a una economía dinámica que comienza a desatar riesgos inflacionarios. En tanto, la política fiscal recorta el gasto público y normaliza sus ingresos tributarios, que al mismo tiempo mejoran con la recuperación económica. Pero si en ese proceso vuelve a desplomarse el PIB, tanto autoridades fiscales como monetarias pierden significativamente margen de acción para buscar mitigar el golpe de la segunda caída de la economía.

Adicionalmente, una doble recesión repercute en mayor medida en los bolsillas de las familias, ante la incertidumbre en el mercado laboral, los empleos y se está lidiando con inflación al alza y una caída o estancamiento del PIB (estanflación).

Existen dos ejemplos muy famosos de “doble recesión” y en dos gigantes económicos: Estados Unidos y la Zona Euro.

De acuerdo con el Buró Nacional de Investigación Económica de los Estados Unidos (NBER, por sus siglas en inglés), la economía estadounidense sufrió una doble recesión en la década de los ochenta. La primera ocurrió entre Enero y Julio de 1980, con una caída del 2.5% del PIB. Posteriormente, durante el primer trimestre de 1981, EUA experimentó un crecimiento económico muy acelerado, de 2.0% anual y que tuvo por consecuencias presiones inflacionarias elevadas. Ante dicha situación la Fed incrementó rápidamente el rango objetivo de la tasa de fondos federales, lo que repercutió en una nueva recesión económica entre Julio de 1981 y Noviembre de 1982.

En el caso de la Zona Euro, la región económica venía recuperándose de la crisis financiera mundial de 2008 que dejó fuertes estragos en la población europea pero sobre todo en la periferia de la región. Como resultado, se profundizó la crisis crediticia en economías como la de Grecia, situación que el bloque económico lejos de lograr mitigar, se vio afectado nuevamente por una segunda recesión durante el periodo de 2010-2012.

La experiencia de ambos países frente a una doble recesión nos permite ver que las consecuencias para la población, unidades económicas e instituciones del país son muy negativas. La recuperación de la segunda recesión del ciclo suele ser más lenta de lo que fue la de la primera caída y se prolongan los años en los que se espera que indicadores clave como el PIB per cápita alcancen niveles previos a los de la primera crisis.

Desafortunadamente, la economía mexicana parece aproximarse a una doble recesión y ante un panorama local y global muy complejo. Dentro del panorama global, el mundo está enfrentando episodios de alta volatilidad en los mercados financieros por las tensiones geopolíticas entre Rusia, Ucrania y los países miembros de la OTAN, situación que representa también riesgos inflacionarios al alza por el lado de los precios de los energéticos y de las materias primas. Adicionalmente, el mundo sigue enfrentando una crisis en sus cadenas de suministro por la pandemia. Dentro de lo local, en particular México ha resentido en mayor medida las presiones inflacionarias globales y enfrenta los mayores niveles de inflación en las últimas dos décadas, acompañado de una “segunda recesión técnica”. Adicionalmente, el primer trimestre de 2022 se está viendo fuertemente impactado por la cuarta ola de la pandemia y continúa la incertidumbre de inversionistas por las reformas “poco amigables con los mercados” que sigue impulsando el gobierno actual.

Y desafortunadamente, la segunda recesión nos estaría impactando con un Banco de México inmerso en la necesidad de seguir incrementando la tasa de interés objetivo para mitigar las presiones inflacionarias. Si bien por el lado fiscal estaría jugando a favor que durante 2020 no se impulsó una fuerte expansión del gasto público en políticas asistencialistas para respaldar a la economía, se ve difícil que AMLO esté dispuesto a sacrificar las ya de por si muy caras y polémicas obras de infraestructura insignia de su mandato (el aeropuerto, la refinería y el tren) para tratar de soportar a una economía doblemente golpeada con esos recursos.

En este sentido, habrá que abrocharse (todavía más) los cinturones para lo que se venga, ya que el primer semestre de 2022 será en definitiva sumamente complicado para la economía mexicana.