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Facebook: Raúl Alejandro Rodríguez Martínez
*Las opiniones que se expresan en esta publicación son a título personal
Desde el último trimestre del año pasado, el desempeño de la economía mexicana junto con factores de riesgos asociados con el inicio de una nueva administración, tanto en México como en Estados Unidos, vaticinaban un entorno lo suficientemente complejo como para que el país entrara en recesión tan pronto como en el primer trimestre de este año.
Sin embargo, la actividad económica ha sorprendido a propios y extraños al mostrarse más resiliente que lo anticipado. En el cuarto trimestre de 2024, el PIB retrocedió 0.6% trimestral, con caídas en los sectores agrícola e industrial y un estancamiento del sector servicios. De igual manera, se observaba una caída en la inversión física, un frenón del gasto público una vez finalizado el proceso electoral; el sector exportador desacelerándose y el consumo mandando algunas señales de ligera pérdida de dinamismo.
Bajo ese contexto, el 2025 iniciaba cargado de riesgos que sugerían que esa dinámica del cierre del año previo se acentuara, llevando a México a una recesión técnica (es decir, a una caída trimestral del PIB por segunda vez consecutiva). Comenzaba su mandato Donald Trump determinado a entregarle a sus votantes resultados lo más pronto posible en materia de migración, seguridad y proteccionismo (imposición de aranceles a las importaciones). Por otro lado, se preveía la típica curva de aprendizaje de una nueva administración en México con el arranque del sexenio de Claudia Sheinbaum y sin la posiblidad de echar a andar la maquinaria del gasto público para impulsar la economía, pues ahora el objetivo prioritario era el de reducir de manera importante el déficit fiscal del gobierno.
Tan pronto como en febrero, Donald Trump se lanzó contra los principales socios comerciales de Estados Unidos y amagó con la imposición de aranceles generalizados de 25% a todas las importaciones de México. Y aquí apareció la primera sorpresa positiva: la capacidad del gobierno de México de negociar una extensión del plazo para que entraran en vigor dichos aranceles, al menos para los productos que cumplen con el T-MEC. Posteriormente, se observó una reducción importante del gasto público en rubros ajenos a los programas sociales, los cuales se mantuvieron sólidos y siguieron apuntalando al consumo de la mayoría de los hogares mexicanos. En esos momentos, otros determinantes del consumo comenzaban a desacelerarse de manera importante pero aún se mantenían sobre niveles robustos (el crédito, los empleos formales y los salarios). Adicionalmente, la posición relativa de México frente al resto del mundo en el proceso de diálogo y negociaciones con la administración estadounidense en temas de comercio exterior comenzó a ser más ventajosa, lo que siguió manteniendo un balance positivo en las exportaciones del país. Y finalmente, los temores sobre una potencial crisis económica en Estados Unidos acompañada de un repunte en la inflación por dichos aranceles no se estaba materializando.
Fue así como todos nos sorprendimos con un crecimiento económico de México en el primer trimestre del año de 0.2% respecto al trimestre previo. La economía mexicana evitó la recesión técnica, aunque preocupaba que los sectores manufactureros y de servicios se habían contraído ligeramente. El año avanzaba y los determinantes del consumo se seguían desacelerando y ahora también se sumaban a las malas noticias las remesas, impactadas severamente por los temores de trabajadores migrantes a ser deportados en Estados Unidos. Sin embargo, indicadores como el consumo privado y ventas al menudeo se observaban más resilientes, teniendo como principal soporte los programas sociales del gobierno.
Los riesgos externos se incrementaron en abril cuando Donald Trump, en su tristemente célebre “Día de la Liberación” había publicado una lista extensa de aranceles recíprocos contra todo el mundo que inclusive llevaron a una escalada comercial con China. México estaba fuera de esa lista pero los riesgos sobre el comercio internacional, las cadenas de valor globales y una potencial recesión en Estados Unidos habían deteriorado significativamente la perspectiva económica para México y el mundo. A éstas alturas, se anticipaban ya de 2 a 3 caídas trimestrales consecutivas y la posiblidad de que la economía mexicana registrara para todo 2025 entre -0.7% y 0.7%
Para esas fechas, el gobierno mexicano ya había conseguido un par de extensiones más a la implementación de los aranceles y siguió negociando sobre los niveles de los ya ejecutados. El sector exportador perdió dinamismo en parte por la imposición de algunos de esos aranceles pero también dando ciertas señales de resistencia.Y entonces se dio a conocer la cifra de crecimiento del PIB del segundo trimestre, la cual volvió a sorprender con un crecimiento trimestral de 0.7% pero en ésta ocasión con una recuperación de la industria y de los servicios.
Con las cifras de crecimiento de la primera mitad del año, se podía proyectar que la economía mexicana creciera, por pura inercia, hasta un 1.2% en 2025. Al mismo tiempo, el PIB de Estados Unidos sorprendió también de manera positiva en el segundo trimestre. El mundo ya se había olvidado de una recesión global. Ahora, las perspectivas de crecimiento para México se ajustaban al alza, ahora en un rango entre -0.1% y 0.8%. Y el sesgo a que se revise al alza ha continuado en estos últimos días.
Si a principios de año la previsión era de una recesión, lo que estamos observando en la actualidad para la economía mexicana es positivo. Pero si observamos el ciclo económico a través de la historia y también tomamos como punto de comparación la capacidad que tienen los factores de producción del país (lo que se conoce como PIB potencial), el crecimiento de México dista mucho de lo saludable.
El PIB potencial de México, se estima actualmente alrededor del 1.5%. El crecimiento promedio anual de México en los últimos 10 años es de 1.3% y la economía mexicana creció en promedio 2.1% entre 1981 y 2024.
La economía mexicana se desaceleró en 2024 a 1.2% desde 3.4% en 2023 y, por ahora, el pronóstico más optimista para el crecimiento en 2025 es de 1.0%. De materializarse el escenario más optimista, estaríamos viendo el incremento del PIB de México más débil desde 2003 (excluyendo por supuesto las recesiones de 2008 y la pandemia del Covid-19).
Así que lo que estamos viendo para la economía mexicana es una resiliencia, la cual es más que bienvenida, pero que no logra quitar el dedo del renglón de un claro enfriamiento de la misma. Esto último preocupa, ya que el entorno global bajo el que México va a navegar continuará otros 3 años más (por lo menos) y para los cuales, será fundamental reactivar a la inversión física, la cual es un determinante de crecimiento mucho más sostenible en el mediano y largo plazo que el impulso al consumo atribuible a los programas sociales del gobierno.

