Twitter: @rulrm
Instragram: @apuntesmacro
Facebook: Raúl Alejandro Rodríguez Martínez
*Las opiniones que se expresan en esta publicación son a título personal
A unos días de que haya transcurrido el primer cuarto de 2025, resuena una frase célebre que se le atribuye a Lenin: “Hay décadas en donde nada sucede y hay semanas en donde suceden décadas”. No cabe duda que dicha frase refleja el sentir del mundo en los primeros tres meses de este año. Los mercados financieros han observado cambios dramáticos en las valuaciones y perspectivas de los inversionistas. Las tensiones geopolíticas y conflictos bélicos están dando un giro inesperado; el mundo ha vuelto a entrar en una guerra comercial, la ideología nacionalista está resurgiendo a niveles no vistos desde la década de los treintas del siglo pasado. Y los medios de producción están evolucionando en el terreno desconocido de la Inteligencia Artificial. Y detrás de estos cambios vertiginosos y muy acelerados, están las acciones de Trump en su segundo mandato, quien llegó a dar un severo golpe en el tablero geopolítico.
Los protagonistas de este punto de inflexión en la historia de la humanidad son los mismos de siempre: Estados Unidos, Reino Unido, la Eurozona (Francia y Alemania), Japón y Rusia. Y no, no me he olvidado de China. De hecho, es el gigante asiático quien ahora ocupa un papel más protagónico que las antiguas potencias del Viejo Continente y de Japón. En esta ocasión, China es el principal retador de Estados Unidos en el Juego de Tronos de la vida real y Trump – de acuerdo con su concepción del mundo – piensa que ellos mismos son los responsables de haber permitido el avance de China y esta determinado a cambiar radicalmente de estrategia.
Trump vino a patear el avispero y ha abierto frentes de confrontación por igual contra socios y rivales históricos de Estados Unidos. Tan pronto comenzó su presidencia, echó a andar las órdenes ejecutivas que nos tienen al día de hoy en los inicios de una guerra comercial con la imposición de algunos aranceles a las importaciones y otros que están en fila para imponerse a comienzos del segundo trimestre del año. También está modificando el rol geopolítico de Estados Unidos del “protector del liberalismo Occidental”, decidido a cambiar de rol y ahora obligar a los comensales a dividirse la cuenta en lugar de invitarla o de pagar la mayor parte de la fiesta.
Los países involucrados, así como autoridades fiscales, monetarias e inversionistas alrededor del mundo se han sorprendido de manera sistemática de cómo han ido evolucionando los mercados ante el huracán de los aranceles y de las conversaciones entre las viejas alianzas geopolíticas. En el terreno comercial, la teoría convencial establece que las monedas reaccionan a los aranceles a las importaciones depreciándose frente al dólar para mantener la competitividad del sector exportador de la economía.
En efecto, las monedas han observado episodios de depreciación relevantes que inmediatamente se han revertido cuando Trump acuerda con los mandatarios involucrados postergar o diluir el alcance de dichos aranceles. A pesar de todo el ruido, ya operan desde febrero aranceles del 20% a las importaciones de China; y desde marzo, los aranceles de 25% a las importaciones de acero y aluminio a nivel mundial y 25% a las importaciones que no cumplen con el T-MEC de Canadá y México. Y de manera contraintuitiva, bajo un contexto de guerra comercial incipiente, el dólar se está depreciando versus el resto de las monedas del mundo.
¿Qué está pasando entonces que las monedas no están depreciándose como mecanismo de defensa para sus sectores exportadores frente al embate de los aranceles? En las últimas semanas, ha venido ganando terreno la hipotésis del “Mar-a-Lago Accord”, un acuerdo global de Estados Unidos con sus principales socios comerciales de que el dólar se deprecie, con el objetivo de que la industria manufacturera norteamericana resurja para competir con China, la superpotencia industrial y manufacturera del planeta. A cambio, Estados Unidos les garantiza a sus socios que permanezcan bajo el paraguas financiero, comercial y militar de Estados Unidos del que, para Donald Trump, sus socios han abusado por décadas.
En 1985, Estados Unidos ya había realizado un acuerdo similar, el “Plaza Accord”, en tiempos en los que ocurrieron una serie de crisis financieras que despertaron los temores de dicho país respecto a su sostenibilidad financiera y de la carga que representa para la potencia hegemónica que el dólar, el mercado financiero estadounidense y su Estado de Derecho, representen el “puerto seguro” y la reserva global de activos. Cuarenta años después, el supuesto acuerdo que la administración de Trump está impulsando llega en un momento mucho más retador que en los ochentas. Estados Unidos tiene actualmente niveles históricos de déficit tanto en su cuenta corriente como en su balanza comercial, así como un déficit fiscal significativamente mayor.
En dicho acuerdo, los aranceles a las importaciones juegan un papel crucial. Sirven como mecanismo de negociación para alinear a los socios de Estados Unidos hacia una posición más ventajosa pero también como una fuente de ingresos públicos que contribuyan a reducir el déficit fiscal. Lo anterior también se alinea con los recortes que la Agencia gubernamental DOGE está ejecutando en el sector público estadounidense, así como las intenciones de adelgazar más al gobierno (desaparición de Departamentos como el de Educación), recortar de manera muy importante programas de apoyo financiero globales como el USAID y amenazar con salirse de la OTAN al ver que otros países miembros no cumplen con los objetivos de financiamiento (para lo que, por cierto, Trump también está ganando ya que el Viejo Continente ya está en proceso de armarse militarmente a niveles no vistos desde la Segunda Guerra Mundial).
En el caso de que todas las piezas que vemos desarrollándose sean resultado del “Mar-a-Lago Accord”, lo que estamos viviendo es un cambio brutal de modelo de parte de Estados Unidos, el creador del orden que ha dirigido al mundo desde la posguerra. A diferencia de sus antecesores, pareciera que Trump tiene muy claro que la posición hegemónica de Estados Unidos nunca había estado tan frágil y que es necesario cambiar profundamente de paradigma, ya que difícilmente podrán mantener su posición sin cambiar de estrategia. A esto último también resuena la frase que se le atribuye a Einstein: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”.
Al menos en los siguientes cuatro años seremos testigos de fuentes inimaginables de incertidumbre política, económica y financiera. Será un ciclo muy disruptivo en los que cada vez nos sorprenderemos menos de cómo la evolución de las variables económicas y financieras rompen con las teorías, consensos y factores ideosincráticos por las que se han regido durante décadas.

